“Noticias falsas”, una muletilla confusa, engañosa y peligrosa para la libertad de expresión

La muletilla “noticias falsas” o “fake news” encierra todo un mundo de contradicciones, a tal grado que es, en sí, confusa y engañosa. De todos modos, es lo que se usa, peligrosamente, para identificar a un fenómeno real, que tiene más que ver con políticos, activistas, celebridades y propaganda.

23 de julio de 2020
Por: John Reichertz

En la Argentina, en este momento, afloran medidas y propuestas para colocar un corsé a la comunicación masiva, particularmente por las redes sociales, y todos estas tienen un denominador común: hacen referencia a estas supuestas “noticias falsas”. El supuesto es que el fenómeno algo tiene que ver con el periodismo.

Por eso, la utilización de la muletilla, particularmente en el contexto de hipersensibilidad provocada por la pandemia Covid-10, representa una amenaza seria a la raíz de todos los derechos humanos, que es la libertad de expresión y de prensa.

Para hacer frente a esta amenaza, es imprescindible analizar las contradicciones escondidas detrás de este intento de desprestigiar a las noticias y el periodismo, y redefinir el problema, para proponer cómo abordarlo. A la vez, es necesario levantar la guardia contra aquellos que insisten en usar la muletilla para someter al periodismo. 

El origen de la expresión “fake news” es lejana en el tiempo, pero se popularizó de nuevo en los últimos años en sociedades democráticas en base a su utilización por parte de mandatarios como Donald Trump y Jair Bolsonaro, para repudiar cualquier expresión que contradijera la visión oficial de los hechos. Que la descalificación de la prensa crítica haya salido de sociedades que supuestamente son paladines de la libertad de expresión habilitó a los dictadores y autócratas del mundo para utilizar la misma táctica para desprestigiar cualquier comentario crítico. El Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) afirmó recientemente que los líderes fuertes de 26 países usan la muletilla “fake news” para desprestigiar y atacar a la prensa critica.

Que haya gobiernos que quieran controlar el discurso público con esta herramienta no es nada nuevo. Ya en 1257, durante del reinado de Eduardo I de Inglaterra, fue promulgada una ley contra “noticias o cuentos falsos por los cuales discordia, o la promoción de discordia o calumnia, pueda crecer entre el rey y su gente».

No hay duda de que la preocupación de Trump y Bolsonaro es muy similar a lo que animaba a Eduardo casi ochocientos años atrás.

Pero mientras Trump y Bolsonaro usan “fake news” casi exclusivamente contra la prensa crítica, el fenómeno hoy es mucho más complejo por el potenciamiento de la comunicación multidireccional, sin límites, de las redes sociales. Hay una infinidad de actores, confesos o ocultos, que utilizan un sinfín de recursos, tecnológicamente sofisticados o burdos, para lograr sus no siempre santos objetivos, aprovechando de las masas digitales.

Con la pandemia Covid-19, el tema ha tomado un impulso espectacular de la mano:

  • de las ansiedades lógicas de las personas sobre un virus y crisis sin precedentes,
  • de las autoridades, para preservar la paz social, pero también para fortalecer su poder político,
  • de los que siempre manipularon los odios, las afinidades y las ansiedades de la gente para impulsar agendas propias.
  • En el contexto de convulsión actual, hay varios líderes, políticos y provincias que están tomando medidas, tendientes en lo general a penar a personas que difunden falsedades con el objeto de provocar algún daño (con malicia).  Se aprovechan de viejas leyes creadas para mantener la paz social, o proponen nuevas leyes para convertir la difusión de “noticias falsas” con intencionalidad, como contravenciones de la ley.

El tema ha estado presente en Mendoza, Corrientes, Chaco y Santa Cruz, como también en Misiones, según algunos informes. Propuestas similares han estado bajo la consideración del Congreso Nacional, ahora inactivo, pero en este caso relacionadas con elecciones.

El Ministerio de Salud y Medio Ambiente de Santa Cruz hace poco comunicó:

“Desde que se declaró la emergencia sanitaria en la provincia y en el marco de la situación epidemiológica vinculada al Coronavirus COVID-19 se viene trabajando en relación a la circulación de información falsa y audios anónimos que generan intranquilidad y malestar en la comunidad… la difusión de falsa información, información errónea, la propagación por medios o redes sociales de la misma podrá ser pasible de denuncia; quedando sujeta a investigación judicial, penalidades o intervención de la Fiscalía de Estado”.

En Chaco, la División de Cibercrimen de la Policía viene trabajando el tema, y todas las autoridades provinciales advirtieron que no darán tregua en la lucha contra las “noticias falsas” difundidas a sabiendas. En Mendoza, diputados provinciales de la Unión Cívica Radical propusieron un proyecto de ley para que la difusión malintencionada de “noticias falsas” fuera una contravención.

Según distintos informes periodísticos*, la policía de Misiones ya actuó contra personas supuestamente autores de noticias falsas, secuestrando a celulares y laptops. En un caso, la supuesta “noticia falsa” habría sido el llamado a un cacerolazo.

¿Cuál sería la consecuencia de tener a la policía patrullando las redes sociales con la intención de identificar a personas que hayan difundido de mala fe falsedades y engaños como parte de un intento de provocar conmoción en la sociedad? ¿Cómo van a determinar la mala fe o las intenciones detrás del mensaje? 

Múltiples expertos en libertad de expresión y juristas constitucionales han afirmado que este cuadro policial, de control y seguimiento activo, tendría un “chilling effect” (efecto de congelamiento). Es decir, congelaría la libre discusión en la sociedad de las ideas, las impresiones, las reacciones, las visiones de las personas, y abriría la puerta para la imposición de una visión única.

La reacción esperable sería: “¿Me meteré en líos si digo esto? Mejor me callo. No vale la pena”. Esta es la esencia de la autocensura de las personas, equivalente a la censura previa, que es la muerte de la libertad de expresión.

Ahora, ¿cuáles son las características de aquellos como Trump que levantan las alertas sobre supuestos “fake news”?

Según The Washington Post, Trump, en los primeros 1.170 días de su mandato ha pronunciado más de 18.000 falsedades o afirmaciones engañosas. ¿Quién es más creíble, Trump o lo que el llama el “Fake News Washington Post”, calificación que también reparte al New York Times, CNN y unos cuantos más? Para muchos estadounidenses, Trump. Pero dependiendo de la encuesta que se consulte, por lo menos la mitad de las personas cree que la prensa en general es más creíble que el gobierno.

Un estudio del Reuters Institute de Oxford, Inglaterra, mostró que el 69% de la desinformación comentada y compartida sobre Covid-19 fue generada por políticos, celebridades y otras personalidades públicas, aunque representaba solamente 20% del tráfico original. Es decir, estas personas tenían la influencia necesaria para lograr la amplificación de la desinformación.

Otros estudios anteriores, específicamente sobre las elecciones en Estados Unidos, mostraron un fenómeno similar de validación. En aquel caso, los medios de comunicación masivos dieron la validación a desinformación con tinte político, amplificándola y ayudándola a sobrevivir durante el curso de la campaña electoral.

Pero es como afirmó Yochai Benkler de la Universidad de Harvard, en su libro “Propaganda en Red” – Network Propaganda, que hay medios de comunicación de todo tipo, con todo tipo de misión. Hay medios de comunicación cuya misión casi exclusiva es generar ganancias y hay otras que surgen para representar un interés político, un sector de la sociedad, cuestiones comerciales o temas de política pública.

Finalmente, hay, organizaciones de periodistas profesionales que tienen la misión de entregarle al público información sobre la realidad, en su sentido más amplio, reflejando diversas visiones de la misma, mediante procesos transparentes de depuración, para eliminar influencias indebidas o parcialidades. Entregan noticias, las novedades sobre el acontecer de la humanidad. Algunos lo hacen mejor o peor, con más o menos recursos, o dedicación. Con más o menos transparencia, o interacción con sus audiencias.

Tienen el desafío de revalidar diariamente su credibilidad, de corregir sus errores, de aclarar las dudas que pudieran tener la audiencia o los lectores.

La falsedad consiste en “vender” algo por lo que no es. Una noticia no puede ser falsa si la definición de la misma es el mejor intento por parte de una persona honesta para describir con mayor detalle y desinterés personal algo que ha ocurrido. Es el público que debe definir si merece su atención o no. En la situación actual, es el periodismo que debe extremar sus esfuerzos para mostrar que es diferente a todos aquellos que reparten, otra cosa. No es dueño de la verdad, pero lo persigue sin exclusividad.

Con la pandemia Covid-19, el fenómeno de la “noticias falsas” o lo que los académicos describen como la desinformación, recibió un segundo nombre, más al tono de las preocupaciones del momento. Ese segundo nombre es, “Infodemia”.

La idea es que nos invade una plaga mundial de falsedades, muchas de las cuales aprovechan de las ansiedades lógicas de las personas sobre un virus y crisis sin precedentes. Estas falsedades nacen en cualquier lado, pero se reproducen, a veces con particular virulencia, en las redes sociales.

Pero hay luces de esperanza.

Nunca fue más claro para todos que en este momento de pandemia, las falsedades pueden hacer mucho daño, y que el único camino de salida está iluminado con las verdades que expresan la realidad de la situación, los problemas a solucionar y los peligros a evitar.

Esta actitud es lo que vemos en otro estudio del prestigioso Reuters Institute. La investigación, llevado a cabo en seis países incluyendo a la Argentina, mostró que la fuente de información más creíble para las personas en este momento son los científicos, los médicos y otros expertos en salud. 

A la larga la gente es sabia y tiene el derecho a elegir, sin filtros, a quién escuchar y en quién creer.

La “infodemia” es una plaga que estuvo circulando antes de la aparición del Covid-19, y seguramente estará después de que la humanidad logre dominar al novel coronavirus. A diferencia de la pandemia actual, la “infodemia” no tiene una causa, sino múltiples. Pero el Covid-19 sí está enseñando a la humanidad, que el único camino adelante es la responsabilidad y la solidaridad.